Opinión
Outsiders digitales y la ilusión del poder
En democracia, la diferencia entre ser viral y ser presidente sigue siendo mucho más profunda de lo que sugieren las métricas digitales
La revolución digital modificó para siempre la comunicación política. Nunca antes una persona había podido construir una audiencia de millones de seguidores sin depender de los grandes medios de comunicación ni de las estructuras partidarias tradicionales. Las redes sociales democratizaron la posibilidad de expresarse, influir y movilizar opiniones. Sin embargo, también han alimentado una peligrosa confusión: creer que la popularidad digital es sinónimo de respaldo electoral.
Cada vez con mayor frecuencia aparecen figuras que, tras alcanzar notoriedad en plataformas digitales, asumen que ese capital comunicacional basta para conquistar el poder político. Es el fenómeno de los outsiders digitales, personas convencidas de que millones de reproducciones, seguidores o interacciones representan una mayoría ciudadana.
El sociólogo Manuel Castells sostiene que vivimos en una sociedad red (Network Society), donde el poder depende cada vez más de la capacidad para controlar los flujos de información.
Sin embargo, esa capacidad de influencia no equivale necesariamente a la construcción de consensos políticos duraderos y de conquista del poder.
La comunicación puede producir visibilidad; la legitimidad solo la otorgan los ciudadanos mediante el voto y la confianza sostenida en el ejercicio del poder.
La arquitectura tecnológica de las redes sociales contribuye a crear una percepción distorsionada de la realidad política. Sus algoritmos privilegian el contenido que genera emociones intensas —indignación, confrontación, entusiasmo o miedo— antes que el debate racional.
En política, este fenómeno produce una peligrosa ilusión: la convicción de que la opinión predominante dentro de una comunidad virtual representa también la opinión mayoritaria de la sociedad, dando paso al surgimiento de una burbuja mediática.
Así, dentro de esta burbuja, un creador de contenido, un comunicador o un influencer puede alcanzar millones de reproducciones, convertirse diariamente en tendencia y generar la falsa impresión de ejercer un liderazgo nacional.
Sin embargo, fuera de esa comunidad digital existe un electorado mucho más amplio, diverso y complejo, cuyas decisiones e intereses responden a factores sociales, económicos, territoriales, culturales e institucionales imposibles de medir únicamente mediante las métricas de interacción.
El politólogo Giovanni Sartori ya advertía, décadas antes de la explosión de las redes sociales, que la política corría el riesgo de convertirse en un espectáculo donde la imagen desplazara progresivamente al razonamiento.
La actual economía de la atención parece confirmar esa preocupación: la viralidad suele premiar lo vacuo y simplista, la confrontación permanente y el impacto emocional antes que las propuestas de políticas públicas consistentes y fundamentos ideológicos sustentados en valores.
América Latina ofrece numerosos ejemplos de figuras mediáticas que intentaron convertir su notoriedad digital en proyectos presidenciales.
Muchos dominaron durante meses la conversación pública, pero fracasaron al enfrentarse con la realidad electoral tras comprobar que millones de visualizaciones no necesariamente representaron millones de votos.
Existen varios casos, en distintos países, en los que una enorme popularidad en redes sociales, millones de reproducciones o gran impacto digital no se tradujeron en respaldo suficiente en las urnas. Algunos ejemplos son:
Miguel del Sel (Argentina, 2011). Su popularidad como humorista y figura televisiva le dio una gran presencia en medios y redes. Perdió en dos ocasiones la gobernación de Santa Fe, demostrando que el reconocimiento público no garantiza una victoria.
Alfredo Adame (México, 2021). Era uno de los personajes más virales de México, con constantes tendencias en redes y millones de visualizaciones por entrevistas, videos y memes. Sin embargo, como candidato a diputado federal obtuvo apenas una fracción de los votos necesarios para ganar. Su notoriedad digital no se convirtió en apoyo electoral.
Rodolfo Hernández (Colombia, 2022). Su campaña tuvo un enorme alcance en TikTok, Facebook y otras plataformas, especialmente entre jóvenes. Aunque llegó a la segunda vuelta presidencial, perdió frente a Gustavo Petro. El caso demuestra que un gran éxito en redes no es suficiente para crecer políticamente ni garantiza la victoria final.
Pablo Iglesias (España, 2021). Fue durante años uno de los políticos españoles con mayor presencia e influencia en redes sociales. En las elecciones de la Comunidad de Madrid, su candidatura obtuvo un resultado inferior a las expectativas y anunció su retiro de la política, evidenciando que una fuerte conversación digital no siempre refleja el comportamiento del electorado.
¿Por qué ocurre esta diferencia?
Las razones más comunes son:
Las visualizaciones no equivalen a personas. Un mismo usuario puede generar múltiples reproducciones.
Gran parte del público no puede votar, ya sea porque reside en otro país o no tiene edad para hacerlo.
La viralidad puede ser positiva o negativa. Muchos contenidos se comparten para criticar o ridiculizar a un candidato.
Los algoritmos crean «burbujas». Un candidato puede parecer omnipresente dentro de ciertos grupos, mientras pasa desapercibido para otros sectores del electorado.
Existe además otro fenómeno particularmente relevante: La confusión entre audiencia y electorado
Un seguidor consume contenidos. Un elector evalúa gobiernos, compara propuestas, sopesa riesgos, considera la estabilidad económica, la seguridad, el empleo y la confianza institucional antes de emitir su voto.
Los algoritmos amplifican voces; no sustituyen a los ciudadanos.
Las tendencias producen notoriedad; no garantizan gobernabilidad.
Las burbujas mediáticas generan la ilusión de mayoría; las urnas revelan la verdadera dimensión del respaldo popular.
Las pantallas pueden fabricar celebridades políticas en cuestión de semanas; la confianza de un pueblo continúa siendo una construcción lenta, compleja y, sobre todo, profundamente humana
En ciencia política existe una idea ampliamente aceptada: la popularidad digital es un indicador de atención, no de intención de voto
Particularmente, precisar que la historia política dominicana demuestra que las elecciones continúan definiéndose mediante organizaciones territoriales, liderazgo comunitario, estructuras partidarias, alianzas sociales, confianza ciudadana y la capacidad de movilizar votantes el día de la elección.
Finalmente he de apuntar que, en democracia, la diferencia entre ser viral y ser presidente sigue siendo mucho más profunda de lo que sugieren las métricas digitales.
Por Bárbaro Batista
Periodista, reside en Santo Domingo
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