Santo Domingo.- Cuenta la historia que corría la primavera de 1655 cuando las aguas frente a las costas de La Española reflejaron la amenazante estampa de una gigantesca flota extranjera. Con más de cincuenta embarcaciones artilladas y miles de soldados bien equipados y listos para el combate, la corona inglesa pretendía anexarse de inmediato esta codiciada posesión insular.
Las perspectivas iniciales para los habitantes locales eran sumamente desfavorables. La fuerza defensiva disponible apenas alcanzaba unos 870 hombres dispuestos a jugarse la vida, muchos de los cuales carecían por completo de experiencia militar formal o de la destreza salud requerida para una lucha de tal magnitud.
Ante semejante emergencia, la organización estratégica recayó en los hombros de Bernardino de Meneses y Bracamonte, el conde de Peñalba. El experimentado gobernador comprendió con rapidez que enfrentar a semejante maquinaria bélica (unos ocho mil soldados) en campo abierto equivaldría a una derrota segura y trágica para los intereses criollos.
La astucia táctica de los lanceros del interior
Para contrarrestar la aplastante superioridad numérica del enemigo, Peñalba recurrió al activo más valioso de la región: los legendarios lanceros criollos. Procedentes de diversos rincones del interior, estos poseían una destreza formidable en el manejo de armas largas sobre el terreno agreste.
Dotados de lanzas desjarretadera (corta ramas de extensión y altura) sumamente extensas y especializadas en neutralizar ganado bravo, estos hombres transformaron la espesura de la vegetación en su mejor aliada. Al abandonar las formaciones compactas que exigía la táctica europea, los invasores británicos se convirtieron en blancos fáciles para las emboscadas criollas.
Las tropas de la expedición comenzaron a sufrir estragos severos debido a las escaramuzas constantes y a los embates implacables de las fiebres tropicales. El desconcierto cundió rápidamente entre los mandos imperiales, quienes no lograban explicarse cómo una resistencia tan reducida lograba diezmar a sus filas.
La densa vegetación caribeña neutralizó por completo la supuesta ventaja tecnológica de los batallones británicos, sumiendo a los oficiales en una profunda desesperación. Cada sendero bordeado de matorrales ocultaba una trampa mortal tendida por los defensores locales, quienes dominaban cada rincón del paisaje tropical.
El factor inesperado: La terrorífica marcha de los cangrejos
En agradecimiento por el milagro los habitantes de Santo Domingo encargaron la creación de un cangrejo de oro recolecta del pueblo. Fuente Externa.
Sin embargo, el clímax de esta contienda histórica ocurrió al amparo de la oscuridad nocturna en el campamento extranjero de Haina. Un eco extraño y continuo comenzó a retumbar entre los árboles, asemejándose al chasquido metálico de un ejército numeroso preparándose para el asalto.
Aquel sonido aterrador era provocado en realidad por millares de cangrejos que salían masivamente de sus madrigueras en busca de alimento. Agobiados por la tensión y la fatiga, los soldados imperiales confundieron el bullicio de los crustáceos con la marcha inminente de los temidos lanceros criollos.
Dominados por un pánico irracional, los invasores rompieron filas despavoridos y abandonaron su armamento pesado para lanzarse desesperadamente hacia la playa. La confusión fue tal que muchos terminaron agrediéndose mutuamente en la oscuridad, creyéndose rodeados por una fuerza sanguinaria e implacable.
La desbandada generalizada sepultó de manera definitiva las ambiciones coloniales de Oliver Cromwell en la zona. Para calmar la ira del protector inglés tras el estrepitoso fracaso en Santo Domingo, la maltrecha escuadra redirigió su rumbo hacia el sur y terminó ocupando la isla de Jamaica.
Memoria, leyenda y legado de una hazaña inolvidable
El rotundo éxito defensivo desató un júbilo desbordante entre la población insular, que decidió conmemorar la fecha cada 14 de mayo. Con el tiempo, los ciudadanos reunieron fondos mediante colectas populares para fabricar un emblemático Cangrejo de Oro destinado a los altares catedralicios.
Esta valiosa joya encabezó procesiones anuales hasta su misteriosa desaparición durante la turbulenta ocupación francesa de inicios del siglo XIX. Diversos relatos señalan que el general Leclerc se apropió de la pieza para obsequiársela a su esposa, borrando su rastro físico de la historia dominicana.
Lejos de ser un simple mito de la tradición oral, este episodio demuestra cómo el ingenio local y los factores naturales cambiaron el curso geopolítico. La hazaña de 1655 sigue en pie como una muestra brillante de la dignidad y la capacidad de resistencia del pueblo dominicano.