Opinión
¿Por qué algunos genocidios conmueven más al mundo que otros?
@abrilpenaabreu
Hay preguntas incómodas que uno no empieza a hacerse leyendo libros de historia, sino viendo las noticias, en mi caso, la inquietud comenzó a raíz de lo que ocurre actualmente en Palestina y de otros conflictos bélicos que, por distintas razones, parecen no generar el mismo nivel de atención, empatía o movilización internacional que vimos con Ucrania o, en el caso más emblemático de todos, el Holocausto judío.
No hago esta reflexión para minimizar ninguna tragedia. Mucho menos el horror nazi. El exterminio sistemático de millones de judíos bajo el régimen de Adolf Hitler durante el Holocausto sigue siendo una de las páginas más oscuras de la humanidad y merece ser recordado eternamente. Europa quedó marcada para siempre por las imágenes de los campos de concentración, las cámaras de gas y una maquinaria de muerte industrializada que redefinió el concepto moderno de barbarie y debe ser así.
Pero la pregunta empezó a rondarme igual. ¿Por qué algunos horrores humanos ocupan un lugar permanente en la conciencia mundial mientras otros parecen desvanecerse de la memoria colectiva? movida por esa inquietud, empecé a investigar otros genocidios y descubrí algo que honestamente me impactó: son muchos más de los que la mayoría de las personas imagina, muchísimos más y algunos incluso dejaron cifras de muerte igualmente aterradoras —o superiores— y aun así permanecen prácticamente ausentes del debate global.
Uno de los más brutales —y del que admito que yo misma conocía muy poco— fue el ocurrido en el Congo bajo el dominio de Leopold II of Bélgica a finales del siglo XIX y principios del XX, el Estado Libre del Congo no era simplemente una colonia europea. Era, literalmente, propiedad privada de un rey, no del Estado belga, de un hombre.
Mientras Europa hablaba de civilización, progreso y modernidad, millones de congoleños eran sometidos a trabajos forzados para extraer caucho y marfil, dos recursos extraordinariamente valiosos para la economía mundial de la época, las cuotas eran imposibles de cumplir, las represalias eran brutales, aldeas enteras eran arrasadas.
Las mutilaciones —incluyendo manos amputadas— se convirtieron en parte del sistema de terror utilizado para garantizar productividad y justificar municiones usadas por soldados. Niños, mujeres y ancianos (encerrados en jaulas, para exhibición incluso) tampoco escapaban de la violencia, no fue un exceso aislado.
Fue un modelo económico de explotación sostenido sobre el miedo.
Los historiadores estiman que entre cinco y diez millones de personas murieron como consecuencia directa o indirecta de aquel régimen: asesinatos, hambrunas, enfermedades agravadas por el colapso social y reducción drástica de nacimientos.
Hasta diez millones de seres humanos y sin embargo, siendo honestos, ¿cuántos de nosotros aprendimos eso en la escuela?¿Cuántas películas recuerdan a esas víctimas? ¿Cuántos memoriales internacionales existen? ¿Cuántas veces aparece el tema en debates globales? Muy pocas.
Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda, tal vez el problema no sea que el Holocausto tenga demasiada presencia en la memoria mundial.
Tal vez el problema es que otros horrores han tenido demasiado poca.
Porque la memoria histórica global no parece distribuirse de manera completamente equitativa.
Hay tragedias que se convierten en referentes universales del mal y otras que quedan confinadas al olvido, al ámbito académico o a la historia regional, no es una teoría conspirativa, es una realidad que también responde a dinámicas de poder.
Quién escribe la historia importa, quien produce el cine importa, quién domina universidades y espacios de pensamiento importa, quién tiene influencia económica, política y mediática importa.
Y sí, también importa —aunque resulte incómodo admitirlo— quiénes fueron las víctimas. Las tragedias ocurridas en el corazón político, económico y cultural de Occidente suelen recibir una atención mucho más sostenida que aquellas que golpearon a pueblos colonizados, empobrecidos o históricamente marginados.
Eso no disminuye el horror del Holocausto, lo que hace es obligarnos a mirar algo igualmente incómodo: incluso el sufrimiento humano parece competir por espacio en la memoria colectiva.
Y basta mirar el presente para notar diferencias evidentes en el nivel de indignación global, cobertura mediática y presión diplomática frente a distintos conflictos armados, algunas guerras dominan titulares durante años, otras apenas sobreviven unos días antes de desaparecer del radar internacional, algunos muertos conmueven al planeta, otros parecen convertirse rápidamente en estadísticas y eso debería inquietarnos, porque la humanidad no debería medir el valor del dolor según la geografía, la religión, el color de piel o el peso político de quienes sufren
No se trata de competir entre tragedias, el dolor no es una competencia, tampoco restarle importancia al sufrimiento del pueblo judío ni de relativizar los horrores del nazismo. Se trata de ampliar nuestra conciencia histórica, de entender que la barbarie humana tuvo muchas caras, muchas víctimas y demasiados silencios.
Que hubo pueblos enteros que murieron sin monumentos, sin películas, sin días internacionales de recordación y sin generaciones enteras reclamando justicia global.
Quizá la gran lección de revisar estos episodios olvidados sea una sola: Una civilización verdaderamente madura no solo honra las tragedias más visibles, también hace espacio para las olvidadas.
Porque cuando el valor de una tragedia depende del peso económico, cultural o geopolítico de sus víctimas, es una muestra de lo mucho que que nos queda aprender como humanidad.
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