
Por Bárbaro Batista
Periodista, reside en Santo Domingo
En los últimos años, con la irrupción de la tecnología, la humanidad ha sido testigo del crecimiento acelerado de los llamados influencers, figuras que han logrado construir enormes audiencias en redes sociales y convertirse en referentes de conversación para miles de personas.
Su presencia es innegable y su capacidad para generar atención constituye un fenómeno social digno de estudio. Sin embargo, existe una tendencia cada vez más preocupante: confundir tendencias con liderazgo, viralidad con credibilidad y exposición con arraigo popular.
Ciertamente las redes sociales han democratizado la comunicación. Hoy cualquier persona con aptitud, creatividad o simplemente capacidad para cautivar la atención puede alcanzar una audiencia que antes estaba reservada a los grandes medios de comunicación. Eso, en sí mismo, es positivo. El problema surge cuando se pretende comparar la influencia digital con la autoridad moral, intelectual o social necesaria para liderar procesos colectivos o representar el sentir de una comunidad.
Hay que precisar que una tendencia puede durar horas o días; mientras que el liderazgo verdadero se construye durante años. Un video viral puede alcanzar millones de reproducciones en cuestión de minutos, pero eso no convierte automáticamente a su creador en un líder social.
El liderazgo implica coherencia, responsabilidad, visión y capacidad para movilizar personas en torno a causas que trascienden los intereses individuales. Implica asumir costos, enfrentar críticas y mantener una trayectoria consistente. Las tendencias, por el contrario, suelen responder a la lógica de la inmediatez y del entretenimiento.
De igual manera, la viralidad no es sinónimo de credibilidad. En la economía digital de la atención, los algoritmos premian aquello que genera reacciones, no necesariamente aquello que es verdadero, riguroso o útil para la sociedad. Un contenido puede hacerse viral por ser polémico, escandaloso o emocionalmente provocador, independientemente de su calidad o veracidad.
Sin embargo, la credibilidad se construye sobre la confianza, el conocimiento y la reputación acumulada. Se gana lentamente y puede perderse en un instante.
Aquí, como en otros países se ha vivido episodios en los que determinadas figuras digitales han intentado trasladar su éxito en las plataformas a otros ámbitos de la vida pública, convencidas de que una gran cantidad de seguidores equivale automáticamente a respaldo ciudadano. Pero resulta que los seguidores no son necesariamente ciudadanos comprometidos, ni los «likes» se traducen en apoyo real cuando llega el momento de tomar decisiones trascendentales. Existe una diferencia fundamental entre captar atención y generar confianza.
Estar presente diariamente en las pantallas de los teléfonos móviles no significa formar parte de la identidad profunda de una comunidad. El arraigo popular nace de la cercanía con la gente, del trabajo constante, de la comprensión de los problemas reales y de la capacidad de ofrecer respuestas concretas. Es una construcción social mucho más compleja que la simple acumulación de visualizaciones o seguidores.
La fascinación por las métricas digitales también ha llevado a muchos sectores a sobrevalorar el alcance de ciertas figuras públicas. Empresas, medios de comunicación e incluso actores políticos suelen asumir que quien domina las redes domina también la opinión pública. Sin embargo, la realidad suele ser más compleja. Las redes representan una parte importante de la sociedad, pero no la totalidad de ella. Existen amplios segmentos de la población cuyos criterios y decisiones se forman a partir de experiencias cotidianas, relaciones comunitarias y preocupaciones concretas que rara vez se reflejan en los algoritmos.
Esto no significa descalificar el papel de los influencers ni negar su capacidad de incidencia. Muchos realizan aportes valiosos en áreas como la educación, el emprendimiento, la cultura o la solidaridad social. El problema surge cuando se les atribuyen cualidades que no necesariamente poseen o cuando ellos mismos terminan creyendo que la popularidad digital les otorga una legitimidad que aún no han construido en el mundo real.
La sociedad dominicana necesita desarrollar una mirada más crítica frente a los espejismos de la era digital. La cantidad de seguidores no debe sustituir la calidad de las ideas. La capacidad de generar ruido no debe confundirse con la capacidad de generar cambios. Y la fama instantánea jamás debería reemplazar el mérito, la preparación y el compromiso con el bien común.
Al final, las tendencias pasan, los algoritmos cambian y las plataformas evolucionan. Lo que permanece es el liderazgo auténtico, la credibilidad ganada con hechos y el arraigo construido junto a la gente. Todo lo demás puede ser popular por un momento, pero difícilmente trascenderá en el tiempo.